MC urban story
Hace unos días estaba solo (bah, consciente) en la oficina, y el hambre coincidió justo con la hora del almuerzo, establecida por costumbres que nada tienen que ver con mi trabajo. Tenía en mi billetera unos cupones de "descuento" para comprar comida que califica como mala y cara, sabiendo que "mala" envolvía "adictiva" e "insalubre", me encaminé hacia una (entre miles) de esas franquicias de comida chatarra, fui a la más cercana para no contradecir el espíritu sedentario.
Después de haber esperado un rato entre el tumulto, el ruido y el peligro latente de ser golpeado en las partes nobles por alguno de esos niños eufóricos que corren y gritan desmesuradamente, fui atendido por una joven de ensayados modales y use uno de mis "2x1".
Cuando salí ya estaba enojado conmigo (cada día practico más ésta habilidad), no puedo enojarme con los que engañan y abusan de su capacidad de insertar ideas falsas si yo mismo dejo la puerta abierta a mi cerebro. Pensaba que pagar $17 por un medio-almuerzo (que se supone es doble) me hacía ingenuo, sobre todo porque en un bar de ahí cerca tenía comida, bebida y postre por el mismo precio, pero claro... no viene dentro de una cajita de cartón y la carne no viaja en avión antes de llegar a mí.
En fin, iba caminando entre la gente, con una expresión que mostraba mi frustración: ¿tanto por tan poca cosa?, si, sobretodo porque todavía no había probado bocado por miedo a hacer más real mi enojo.
Sin ver solución a mi problema, al pasar por la entrada a una de esas galerías que solo ofrecen frivolidad, escuché una voz débil, más débil que actuada, débil desde el fondo, con desesperación. Bajé la mirada y vi sentada a una madre joven amamantando a su bebé, en plena calle, ante un público frío, distante y deshumanizado.
Por un momento creí ser una cápsula más de polvo estelar, inerte, incapaz de hacer nada por nadie, pero unos 15 metros después me dí cuenta que yo puedo, como todos podemos, elegir cambiar la realidad, y que hacerlo puede ser bueno o malo para muchos simultáneamente.
Volví y le pregunté a la madre si había almorzado, como era obvio, dijo que no; entonces saque de mi bolsa de cartón la mitad (solo la mitad) de mi comida y se la ofrecí, como era obvio, la aceptó. Caminé otros 15 metros y volví a volver, ésta vez para ofrecer condimentos tal y como lo hizo la chica de gorra hacía un rato.
Lo cierto es que, mientras caminaba y comía mi cuarta-parte-de-colación, me regocijaba pensando que un almuerzo para dos personas por $17 era una ganga, no importa cuanta comida siempre y cuando sea alimento para una consciencia o un estómago vacío.